domingo, 10 de noviembre de 2013

El roce del invierno en nuestra punta de los dedos.

En su silencio se hablaba tanto. No había ya nada que pudiera hacer para aplacar mi cólera.
Era como si estuviéramos en lados opuestos de un témpano de hielo que se resquebrajaba.


 Sostuvo mis manos entre las suyas, sin embargo, el calor de su cuerpo no podía penetrar en el frío que se filtraba a través de mí. Ahora mismo, el control que nos mantiene en calma resbala a través de nuestros dedos. El silencio parecía cortar como un cuchillo, y lágrimas tibias corrieron por mi cara. Ninguna cantidad de agua podía lavar la tristeza que reflejaba.

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